“Lo poderoso de desarrollar una responsabilidad social Individual es que puede empujar a que la empresa actúe de manera correcta”
No vamos a hablar de religión en esta columna. Y mucho menos de la libertad de expresión, el fanatismo o la violencia.
Pero me tomo la libertad de prestarme parte de este lema tan famoso en estos días, “Je suis Charlie”, para demostrar cómo detrás de una expresión y un gran mensaje se esconde una identificación con una causa social, un grito individual y grupal de rechazo al miedo y, sobre todo, un compromiso de solidaridad con los 12 periodistas asesinados en la redacción de Charlie Hebdo.
Hoy sabemos que se trató de una cadena que la inició un joven diseñador quien, de manera espontánea, colocó este lema en su twitter sin imaginar que, horas más tarde, se convertiría casi en una marca social, a la cual se sumaron personalidades políticas de los países más desarrollados.
Algo similar debe ocurrir cuando hablamos de responsabilidad social (RS), a la cual siempre se le asocia a la organizaciones. Sin embargo, un pilar fundamental de la RS es la responsabilidad social individual (RSI), que refleja el grado de involucramiento y compromiso que cada persona asume sobre temas que, por lo general, se relacionan solo a una preocupación empresarial: medio ambiente, derechos humanos, buenas prácticas laborales, consumo responsable, transparencia, ética y, por supuesto, el respeto a la sociedad.
Sin embargo, las acciones y decisiones individuales –y también la falta de ellas– generan un impacto en el entorno más cercano, el hogar, la familia, los amigos; pero también en el más lejano, como el laboral y social, sin dejar de lado el económico y ambiental.
Por lo tanto, la RS comienza con un compromiso personal. Cuando una persona actúa de manera responsable, le da sustento, valor y sentido de ser a la RS. Es el origen de todo. Los seres humanos tienen una gran tarea en construir la RS: esto los hace mejores personas, mejores trabajadores y, sobre todo, mejores ciudadanos, pues actúan en función de un compromiso más general: buscar el bienestar colectivo.
De esta manera, no solo las empresas deben promover cambios sociales. Los individuos que aspiran a vivir en un mundo mejor no pueden ser indiferentes a las complicaciones. Esta aspiración comienza con un compromiso, con un deseo de cambio que se transforma en integridad ética.
Lo poderoso de esta actitud de desarrollar una responsabilidad social individual es que, inmediatamente, puede ser trasladada a la empresa y, con ello, empujar a que esta actúe de manera correcta. La identificación individual con temas sociales urgentes permite llamar la atención sobre el nivel de responsabilidad social que están asumiendo una organización y sus líderes. Una persona con criterios bien definidos puede cuestionar una política de RS.
El año pasado, la gerente de recursos humanos de IBM tuvo el valor de salir a un programa de TV para apoyar el proyecto de ley de unión civil y, además, para declarar su homosexualidad. Claro, quizás no lo hubiera hecho si su empresa no tuviera valores corporativos que promuevan la diversidad e inclusión dentro de sus paredes.
Del otro lado de la moneda, hace poco conocimos el caso de un alto ejecutivo de una empresa minera que está preso en EE.UU. por haber traficado con información privilegiada. ¿Esta persona fue consecuente con los valores que predicaba la empresa? ¿Debe la empresa deslindar de este mal comportamiento? Las empresas responsables necesitan de líderes responsables. Imposible tener organizaciones responsables con individuos sin valores.
¿Cómo podemos pretender que una compañía sea socialmente responsable cuando sus directivos no lo son y se desarrollan en un ambiente donde la ética no es parte de su vida? Casos como los de Arthur Andersen, Lehman Brothers y algunos de los bancos americanos o españoles demuestran cómo el mal comportamiento ético de sus ejecutivos termina afectando el futuro de sus propias empresas.
“Yo soy responsable” debe ser una nueva actitud que continúe generando transformaciones importantes.