¿Cuánto de mala comunicación política se puede atribuir a esta crisis?  ¿Cuánto de desconocimiento -o desprecio- ha tenido este gobierno (de Castillo y Dina Boluarte) sobre la gestión e impacto de la comunicación y, en especial, en la solución de los conflictos sociales? 

El expresidente Pedro Castillo nunca se comunicó apropiadamente. En verdad, nunca quiso hacerlo ni tuvo el interés en aprender. Por lo tanto, desperdició la oportunidad de descubrir que la comunicación, gestionada adecuadamente, agrega mucho valor a un gobierno. Por el contrario, la desatendió desde el inicio. Una muestra de ello es que, al igual que en otros sectores de su gobierno, tampoco se rodeó de buenos profesionales en el tema. Y cuando rompió su silencio, solo fue para demostrarnos lo poco preparado que estaba para el cargo y su total desconocimiento de las políticas públicas. Lo suyo fue la plaza, el foro abierto, desde donde difundió mensajes poco dialogantes y  más bien negativos. Nunca nos dijo su visión de país.

La presidenta Dina Boluarte, por el contrario, asimiló rápidamente que los medios de comunicación son un importante canal para transmitir los objetivos de gobierno. A diferencia de Castillo, cambió de actitud hacia ellos, tratándolos mejor y ofreciendo varias entrevistas. Demostró un acercamiento y comprensión que no tuvo cuando fue ministra o vicepresidenta. Lamentablemente, este acercamiento con los medios no fue suficiente para los propósitos iniciales de su gobierno. Lo peor estaba por venir.

Boluarte inauguró su gestión, demostrando una lectura inadecuada de la realidad, ofreciendo una intención y un mensaje a todas luces desacertado y equívoco: gobernar hasta el 2026. Pero tampoco sería su único error. Boluarte nos confirmó, el pasado martes, su pésima habilidad comunicacional al declarar que “Puno no es el Perú”. Y lo hizo en medio de la crisis política nacional más severa que hemos tenido. 

Pero, en verdad, se trataba de una de las tantas declaraciones desafortunadas que ya había tenido. Recordemos sino aquel llamado a “tomar Lima, pero en paz y en calma” o cuando aseguró que “la situación está bajo control”. Al igual que Castillo, tampoco quiso aprender sobre comunicación política; en especial de su importancia para crear contenido de gobierno y elaborar mensajes cuyos impactos -favorables o negativos- resulta indispensable evaluar con mucha anticipación.  

Pero, además, en momentos de conflictividad y crisis es donde hay que cuidar, con mayor detalle, los discursos, el contexto, los canales, el lenguaje no verbal… y las emociones.  Si la comunicación no se gestiona adecuadamente, los mensajes se convierten en indicadores de una mala gestión de gobierno. Y en un contexto de crisis, lo único que logran es acentuar el conflicto. 

Pero el problema es de fábrica: si falla la política, falla la comunicación. No podemos comunicar aquello que no existe pues la comunicación, por sí sola, no aporta valor a una gestión gubernamental si no hay nada apropiado que comunicar. Si no hay una lectura concreta y verídica de la realidad, no existirá una narrativa que pueda convencernos de que se está gobernando bien. La comunicación no puede reemplazar ni ocultar las decisiones desacertadas de gobierno. Se puede hacer, pero eso sería propaganda vacía. 

Pero, además, el gobierno carece de una memoria descriptiva de su gestión. Y si la tiene, no la ha compartido adecuadamente, quizás por estar concentrado en la crisis. En momentos críticos, la comunicación gubernamental y la de crisis deben ir por cuerdas separadas: la gubernamental ayuda a promover el conocimiento de las políticas públicas; la de crisis a conocer las acciones que realiza el gobierno para resolver el conflicto, además de ofrecer soluciones, estrategias de relacionamiento y mensajes adecuados, etc.

Si bien la comunicación no puede resolver el conflicto, sí puede ayudar a generar consensos y a persuadir; a restablecer confianza y fomentar el diálogo, centralizando y encauzando la discusión sobre el tema en conflicto. La comunicación se convierte así en puente para el mejor entendimiento. Lamentablemente, los pronunciamientos equivocados o innecesarios de las autoridades del gobierno no han generado espacios para el diálogo. ¿Qué se ha logrado, por ejemplo, al insistir que todos los manifestantes son violentos, que todos tienen financiamiento oscuro? La presidente ya anunció que no renunciará. ¿Qué logra, por lo tanto, recordarlo cada vez que está frente a un micro?  Mensajes inadecuados en tiempos de crisis no generan consensos ni confianza. Ser mujer, provinciana y hablar en quechua no será suficiente. Lo que se requiere de ella es transparencia, autenticidad y mucha empatía. 

Sin dudas, el gobierno ha perdido la batalla comunicacional en todos los frentes pero, sobre todo, en las redes sociales, donde se aprecia un enorme vacío de información oficial, la cual es completada y desbordada por la desinformación de la oposición y de los líderes de las protestas que apelan a una guerra ideológica. Se nota, además, la ausencia de voceros políticos tan necesarios en conflictos sociales. Se aprecia, finalmente, la centralización de la comunicación de crisis en Lima, cuando los conflictos aparecieron y se acentúan en provincias. 

Sin duda, son malos tiempos para la comunicación política. Este gobierno se irá, pero nos quedarán muchas lecciones. La primera es que los políticos deben aprender lo necesario e imprescindible que resulta la gestión de una buena comunicación en el Estado. Con estos nefastos resultados, habrá que reinventar la comunicación política en el Perú, tan necesaria para legitimar a cualquier gobernante en el poder. 

La gestión política no ha estado a la altura de las circunstancias; y la comunicación tampoco. 

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