Muchas empresas ya están embarcadas en sacarle el máximo provecho a las redes sociales. Facebook, Twitter, Youtube y otras se consolidan como los nuevos medios para acercarse, de forma instantánea y transparente, a clientes y consumidores. La reputación de las marcas depende, en gran medida, de lo que allí se diga. Las formas de comunicación han cambiado notablemente gracias a la tecnología y las empresas, entusiasmadas, asumen el reto de subirse al tren digital.
Ese entusiasmo, sin embargo, cambia cuando las mismas empresas descubren que sus empleados usan estas herramientas virtuales durante las horas de trabajo. Entonces, asoma la inquietud, la duda y el pánico porque no saben cómo lidiar con ello.
Aparecen también los deseos (siempre a flor de piel) de controlar, prohibir, penalizar y hasta de aplicar medidas absurdas como bloquear el acceso a Internet, cuando el trabajador con un teléfono inteligente puede conectarse al mundo digital en cualquier momento y a escondidas. Laborum.net publicó una encuesta donde el 45% de los empleados admitía que revisaba sus redes sociales a espaldas de su jefe.
¿Cómo enfrentar esta repentina adicción a las redes sociales? Primero, reconociendo que es la forma como se comunican hoy las personas. Negar esta realidad es desconocer que las comunicaciones personales se producen en un entorno más dinámico, efectivo y también caótico. De lo que se trata, por lo tanto, es de tener una actitud abierta hacia las redes sociales para facilitar una relación laboral.
Segundo, no prohíba; regule y establezca políticas claras sobre el buen uso y limitaciones de las redes, haciendo notar que esto se produce en un horario laboral previamente establecido y con los activos de la empresa. La ausencia de una política genera malestar, incertidumbre, ansiedad y afecta el clima laboral. Según Manpower Professional, en España, un país con alto índice de conectividad social, solo 1 de cada 10 empresas tiene una política de uso de las redes sociales en el ámbito interno.
Tercero, en lugar de buscar el control absoluto, la persecución diaria y hasta el castigo, lo mejor es promover el autocontrol para que los propios trabajadores sean capaces de moderar su utilización. Si ofrece la libertad de hacerlo, es posible que los trabajadores asuman una actitud más responsable. El abuso, por el contrario, genera resentimiento y falta de lealtad hacia la empresa. Es momento de recordar la propia filosofía de responsabilidad social que pregona la empresa respecto a la voluntariedad de las acciones.
Cuarto, debemos cuidar la productividad. Estudios demuestran que el uso desmedido de las redes tiene un impacto sobre la productividad. En el Reino Unido, se calcula que la tercera parte de los empleados dedica al menos 30 minutos diarios para actualizar sus datos o comunicarse a través Facebook y Twitter, lo cual ha generado pérdidas de US$ 22.000 millones a la economía inglesa, según un informe de Entensys. Y si agregamos WhatsApp, ese tiempo supera los 30 minutos.
Puede sonar contradictorio, pero otros estudios comienzan a descubrir que el uso de las redes no necesariamente es una pérdida de tiempo. La consultora AT Kearney señaló que Facebook propicia un mejor rendimiento laboral al hacer sentir al trabajador más feliz y cómodo. “Cuando se pasan varias horas en la oficina, el acceso a las redes sociales es un recreo que les permite atender sus relaciones personales”, asegura. En otra encuesta, Microsoft indica que, en Europa, el 37% de encuestados asegura que las redes le habían ayudado a rendir más en su trabajo. Este porcentaje se eleva hasta el 60% en la zona de Asia Pacífico y al 56% en Latinoamérica.
Interesante fenómeno que, bien gestionado, puede evitar un impacto negativo sobre el comportamiento y la cultura organizacional.