La violencia social se trata de una mala noticia. La escucho reiteradamente entre amigos y gente que no conozco. Estas personas afirman: “He dejado de ver noticieros en la televisión desde hace un buen tiempo. Siento que ya no me aportan nada. Por el contrario, me deprimen por el nivel de violencia que transmiten”.

La razón que explica esta decisión tiene que ver con las escenas cotidianas que vemos: padres que violan a sus hijos, hijas que maltratan a sus padres; asesinatos y muertes violentas; accidentes de tránsito y catástrofes domésticas; robos y secuestros; en definitiva, víctimas por decenas que aparecen con rostros dolidos y llantos incontenibles. Son las noticias que prácticamente duermen con nosotros y se levantan temprano, a nuestro mismo ritmo.

Sin embargo, está crítica que está orientada a los noticieros de televisión se está trasladando también, paulatina y lamentablemente, a los noticieros de las radios locales. Basta escuchar los noticieros de las principales radios noticiosas de Lima y sus continuos despachos de última hora para descubrir que sus espacios noticiosos también se están contagiando de la violencia.

Hace poco nomás escuchaba un gran despliegue noticioso que narraba el accidente de tránsito ocurrido en una carretera del Cusco, donde 51 personas que viajaban en la parte superior de un camión, y que regresaban de la festividad del distrito de Santa Teresa, fallecieron trágicamente luego que el camión cayó a un abismo de 250 metros aproximadamente. Nadie sobrevivió a la tragedia.

O aquel accidente ocurrido en la carretera Ramiro Prialé. “Una señora de aproximadamente 52 ha sido atropellada por un automóvil que aparentemente circulaba a gran velocidad por la carretera. La señora tiene rostro en la sangre y no se puede mover”. El reportero le dedica casi 2 minutos para describir la posición en la que se encuentra la persona, tendida en la pista y por supuesto ensangrentada. “Podemos ver que la señora grita de dolor, mientras se agarra la pierna que luce ensangrentada”. Hay mucha gente alrededor y nadie atina a hacer nada”… narra el reportero.

O, finalmente, la narración de un padrastro que ha destrozado el rosto de su hijastra luego de haberla violado.

¿Qué está pasando? ¿Son los medios de comunicación conscientes de este grado de rechazo que se está generando? ¿Son conscientes del impacto que generan en la sociedad? ¿Tienen algún grado de responsabilidad en la calidad de los contenidos?

Hace poco, lancé algunas preguntas similares a un amigo que trabaja en uno de estos noticieros de la mañana. Mi intención era averiguar qué pensaban, en su medio de comunicación, sobre el alto grado de violencia que se observa en sus informativos locales.

Su respuesta no dejó de preocuparme. Me reveló, con algo de resignación, que se difunden este tipo de noticias porque “es algo que también les gusta ver y escuchar a las personas”. Así de claro y contundente.

El año pasado, en un simposio de Responsabilidad Social, organizado por Perú 2021, se debatió sobre el aporte de los medios de comunicación en la construcción de una nueva sociedad peruana. Allí estaban Miguel Humberto Aguirre, Mónica Delta, Federico Salazar y Fritz Dubois, entre otros.

Cómo era de esperarse, el tema de la violencia salió en la discusión. Lamentablemente, ninguno de los expositores pudo ofrecer una explicación razonable o alguna autocrítica por el estado de sus propios noticieros. Por el contrario, justificaron esta realidad a la actuación de los dueños de los medios de comunicación, a los reporteros de la calle que usualmente son los primeros en aproximarse a este tipo de eventos y, cómo no, a los televidentes que, afirmaron, demandan este tipo de información.

No podemos negar la intensidad de la violencia en la vida real de los peruanos. Ésta ha crecido considerablemente, y no sólo la delincuencial, sino también la violencia doméstica. Al parecer, vivimos ya en una sociedad enferma, en una época de anomia social que, al parecer, nadie quiere ver y tratar, a pesar de que nos afecta a todos por igual.

En medio de esta incertidumbre, ¿Cuál es el rol que le corresponde a los medios de comunicación? ¿Cuál es su responsabilidad por el nivel de tratamiento de los contenidos, no sólo de los noticieros, sino de la televisión en general? ¿Qué valores estamos promoviendo a través de dichos noticieros? ¿Dónde queda su contribución a la formación de una opinión pública bien informada?

Aquella tarde, en el simposio, resultó lamentable escuchar que los noticieros están en ese nivel porque “es lo que le gusta a la gente”, frase que conocemos de sobra y que se utiliza para justificar el bajo nivel de los medios de comunicación en el Perú. Y, claro, como la lectura del rating está indicando que algunos sectores de la población están consumiendo este tipo de noticias, entonces hay que darle más de lo mismo.

Pero se trata de una lógica perversa, de una actuación que genera un círculo vicioso que incrementa la violencia. Es un argumento para no asumir responsabilidades individuales y corporativas por la mala calidad de los contenidos. Se trata de un desconocimiento del derecho que tienen las audiencias de recibir información oportuna, veraz pero, sobre todo, de calidad y bien elaborada.

Viendo los noticieros, podemos concluir que los años de la violencia terrorista no enseñaron nada. Hoy, al igual que en aquella época, los noticieros no saben – o no quieren– enfrentar este nuevo fenómeno social y esta nueva responsabilidad.

En lugar de analizarlo social, sicológica y antropológicamente, sólo exhiben la desgracia que hay alrededor de cada uno de estos hechos con gran sensacionalismo. La repetición continua y la recreación innecesaria es lo que manda. Se trata, sin duda, de una crudeza que termina afectando el ánimo colectivo y la salud pública.

Los espacios noticiosos comienzan, como de costumbre, con hechos violentos, en especial con accidentes de tránsito, robos, asaltos y violencia doméstica, cuando deberían hacerlo con algún tipo de noticia política, económica o de interés nacional. Por lo demás, son tantos hechos de este tipo que ocurren en el país que, desde mi punto de vista, ya dejaron de ser noticia hace buen tiempo.

Y no se trata de cerrar los ojos ante la realidad cruda de un país que, lamentablemente, se hunde en la descomposición social, casi en el salvajismo puro. No. Se trata de exigir calidad en los contenidos y menos sensacionalismo; más interpretación seria de los hechos antes que sobre actuación, más criterio de edición en lugar de una sobre representación de la violencia real; en definitiva, se trata de pedir un alto grado de autocontrol, de auto censura y, si es posible, de autocrítica que permita atenuar el alto impacto que generan sus contenidos en una sociedad ya bastante golpeada por la violencia e inseguridad ciudadanas.

No debemos aceptar nunca más las explicaciones simplistas de que los noticieros sólo responden a la demanda del radio escucha, de que la audiencia pide este tipo de noticias violentas y, por lo tanto, hay que satisfacer esa demanda, ofreciéndolas en extenso, teatralizadas, sobre actuadas. Ello es sencillamente un razonamiento simplista, injusticable, carente de sentido común y de profesionalismo.

La ética como punto de partida

El periodismo debe tener una función social, la misma que usualmente se le exige a las empresas privadas o públicas que operan en la sociedad. Quizás se olvida que los medios de comunicación son también empresas que originan un producto (información) y que se deben a diversos grupos de interés, siendo el principal de ellos el consumidor de noticias. Por lo tanto, deben actuar de acuerdo a principios y normas de conducta éticas compartidas por todos, dueños, ejecutivos y plana periodística, para que exista un criterio uniforme y no se trabaje sólo en función de presiones comerciales y el rating.

La famosa frase de “hay que dar lo que la gente pide” debe ser desterrada de sus planes de negocios… y, claro, de la actitud de los periodistas.

El derecho de libertad de expresión que tienen todos los medios de comunicación debe complementarse con el derecho que tienen los ciudadanos a recibir información seria producida con responsabilidad. Basado en esta responsabilidad, deben adoptar políticas de autocontrol y autocensura que les permita hacer un uso responsable de su trabajo diario. No se trata de ocultar nada. Simplemente, de dar un sentido responsable a la información. Al igual que las empresas que promueven prácticas de Responsabilidad Social, su trabajo debe ser guiado por principios éticos (voluntarios) y un código de conducta que promueva información oportuna, verdadera y seria. Pero, sobre todo, un manejo ético de la información que impida ocasionar un daño a la sociedad.

Está demostrado que los medios de comunicación ejercen influencia sobre la sociedad, dado el poder que tienen para decidir los temas o historias de mayor relevancia, aquellos que van a estar en el interés público, otorgándoles un espacio determinado que puede ser (des) proporcionado. En otros países, las noticias sobre hechos violentos son empaquetadas en un solo bloque que, en promedio, puede dura tres minutos.

Lamentablemente, en el Perú, no siempre el buen gusto de la audiencia termina determinando el interés de los medios por ese asunto.

Un excelente estudio sobre el tratamiento de la violencia en los medios de comunicación escrito por Clemente Penalva, de la Universidad de Alicante, concluye: “Aunque consideremos que los medios dan lo que el público pide, este argumento por sí solo vale para los géneros de entretenimiento, pero no para los de la información y la formación. A no ser que se renuncie a la consideración de los miembros de una sociedad como ciudadanos y se les sustituya por consumidores. La información es un recurso básico de una sociedad democrática, de individuos libres, racionales e instruidos y la obligación de los medios es no abandonar su papel instructivo y difusor de conocimientos”.

¿Será que en el Perú ya nos hemos convertido en simples consumidores? Si es así, entonces exijamos a los medios de comunicación que asuman responsabilidad en sus funciones y se planteen la necesidad de examinar cómo deben actuar en una situación tan delicada. Adicionalmente, debemos promover la aparición de un radio escucha más crítico que exija políticas de autoregulación y presione por contenidos más limpios.

¿Los dueños de las emisoras locales, directores y conductores son conscientes del impacto que ocasionan estos contenidos violentos? ¿están generando más violencia con ello? Los expertos pueden responder mejor esta pregunta, pero el debate nos dice que una persona expuesta a la violencia en la televisión tiene más probabilidad a ser violenta.

Las empresas periodísticas deben tener una visión más amplia de su gestión empresarial, adoptando una política de responsabilidad social aplicada a su propia actividad. No basta con promover campañas sociales o editar suplementos y espacios para difundir las buenas prácticas de RSE de las empresas peruanas.

Quizás sea el momento de que los medios de comunicación se adhieran firmemente a la corriente de responsabilidad social iniciada en el Perú. Quizás deban analizar seriamente los efectos que sus mensajes están produciendo en una coyuntura social especial para el Perú, buscando el equilibrio entre la difusión de lo real y su tratamiento adecuado.

Una primicia, por si no la saben: al final del artículo 14 de la Constitución se lee: “Los medios de comunicación social deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural”.

Construir un mejor periodismo – responsable, con ética y que refleje mejor la realidad –son tareas aún pendientes en este sector. Esperemos que sólo se trate de una pausa comercial y que, al regresar, nos encontremos con esfuerzos por recuperar la calidad de los productos informativos y, con ello, la credibilidad de los noticieros y de la televisión peruana, en general.

Es posible que los medios en el Perú estén aún lejos de asumir un compromiso serio con la RSE, aquella que suelen exigir con vehemencia a otras instituciones. En América Latina, por ejemplo, apenas el 10% de las empresas periodísticas tienen un Código de Ética de acceso libre, el 71% no realiza acción alguna sobre RSE, mientras que el 3% publicó algún tipo de balance social o reporte de sostenibilidad.

Es decir, temas como el medio ambiente, el desarrollo de su entorno más inmediato o su apuesta por el desarrollo sostenible aún no forman parte de sus agendas.

La tarea pendiente consiste en integrar la RSE al interior de estas organizaciones, de manera tal que consideren mejor a su principal grupo de interés: el oyente, lector o televidente. Se trata de exigir una gestión responsable de sus contenidos y un entendimiento cabal del efecto de la radio sobre la sociedad. ¿Es mucho pedir? No lo creo. Los medios de comunicación no deben abandonar su función de orientar, educar, transmitir conocimiento y entretenimiento sano, entre otras tareas.

El nivel de sensacionalismo que se observa hoy en los noticieros es sencillamente irresponsable e inaceptable.

En conclusión, se trata de una mala noticia para la radio y, en general para la prensa peruana. Pero es posible que, encerrados como están en sus propios estudios de producción, de marketing o de ventas, no se den cuenta — o no quieran hacerlo — del continuo y creciente rechazo que generan los contenidos de sus propios noticieros.

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